Variación de 1213 E. Dickinson

Marzo se arrastra con
zapatos rojos
por la espesura nueva
de los setos.
Desde la blanda cuna
hecha de nieve,
perezoso
alza al sol en sus brazos
y despiertan
al mundo sus bostezos.
Calienta con saliva
la pátina invernal
sobre las cercas.
En el bosque
su aliento hace temblar las hojas
transparente.
(Se enroscan las culebras,
husmeando
el viento acre,
cerca de los caminos).
Acerca el cielo a nuestras frentes,
traspasa toda carne
con el filo
aguzado de su puñal de luz.
Arrobado, gorjea un azulejo
sobre el cofre del aire
por abrir.

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Signos

Los días van pasando, y apenas vuelvo a verte.
Marzo desliza signos detrás de los zarzales.
Si no tuviera miedo de volver a arrastrar
mis huesos entre el barro y los espinos,
tal vez creyera aún en esa voz del agua
anunciando a la propia primavera.
Pero creo, no obstante. Que si no, moriría
como cría desnuda de jilguero
en esta triste jaula de carámbanos.

Lo días van pasando, y apenas vuelvo a verte.
¿Estás en la memoria, o engendras tú los sueños?
Si tocan en mi puerta, será sólo un cuchillo
de ráfagas mordientes en esta húmeda,
fría, salobre primavera
con un sabor de lágrimas y hielos.

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IDENTIDAD

Algún Amigo, un día… Me solté de su mano
y fui cayendo al fondo, muy adentro, después.
¿Cómo hubiera podido soportar la presión,
allí, habitando muda
bajo lavas al rojo ardientes, de no ser
contumaz la esperanza, contra toda evidencia,
que sostuve y a ratos me sostuvo?

Pues me engulló abisal la propia Hondura
que engendró los abismos.
Y habité el mismo Fuego, y me nutrí de él.

He regresado ahora.
Me veis como a una extraña.
No recordáis que, entonces, os parecí una más.
Y he decidido ser, aunque no me veáis,
quien soy, y hablar el propio lenguaje de los ángeles,
aunque no lo entendáis.

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Haiku 2

Fría en el agua
se zambulló la luna
con un sollozo.

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Haiku 1

Camino a solas
sobre un planeta en llamas,
pero sin Luz.

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En el Palacio de Témpanos

No soy
(más)
quien solía
chapotear descalza en la curva del río
absorbiendo visiones
de aguas salvajes.

En la sala de un trono
se derramó mi copa.
Inclinada ante el viejo rey
que quería enjaular
la canción de los pájaros,
desteñir su plumaje.
Y ocultaba las llaves
de un mundo
por abrir.

Por eso ya no estoy
en el balcón,
vencida
hacia la húmeda noche
de pupilas borradas.

Para cuando la hermosa
muchedumbre celeste
palpite, desplegado
su inasible fulgor
por sobre la tiniebla
cerrada del estanque,
el hielo -no la hiedra-,
la cellisca mordiente,
habrán amortajado ya
el jardín.

De aquella fuente antigua
manarán
sólo témpanos
antes de la mañana.
Todos los caminantes
del Invierno
apresuran el paso ante la alta cancela
sacudiendo la frente,
recitando una tos.

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Despedida de Ilión

Todo ocurrió de Ilión ante los muros:

agónico final

de cuanto amamos.

Tal vez estuve

o no.

¿Quién, ya, recuerda?.

Cayeron la cimera y el escudo…

Lento, ardiente, el destello

de algún filo voraz

sorbió toda mi vida.

Rasgó el velo
del mundo,

delicado. Un rebozo
de sombras
se arrebujó en mis ojos.

Aleteos de escarcha.

Fui arrastrada a las naves

que el tenebroso piélago surcaron

veloces, alejándose del día.

De todo hogar o abrigo.

De toda luz.

De todo lo sagrado,
hermoso
y puro.

De tu mirada de agua
transparente.

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Jaurías

Enfrentar ya no puedes mis ojos

cuando aúllas

que toda la campiña  ha de ser arrasada.

Hendidos los rosales, derribado el frutal.

Que las muchachas deben volver a los cubículos

y que un látigo  nuevo va a imponernos su ley.

Tú no puedes mirarnos  a los ojos.  Maldices

que  es ruido de alimañas la voz de una sirena.

Y que una noche hambrienta, maldita y conjurada,

su alegre lozanía  engullirá.

Azuzada jauría de dingos infernales,

no podéis resistir 

la luna que llamea

sobre la hilera curva del bosque

junto al claro.

Urdís nuestras cadenas en las sombras que hieden

bajo los viejos túmulos

 guardando los cadáveres

de los profetas pútridos que alientan esta edad.

BLANCA FERNÁNDEZ DE LA FUENTE

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Flores de Agua

Tus ojos, flores de agua

prenden la llama pura. 

Desde el alto balcón de la inocencia

derramando  primores sobre el mundo,

lluvia de madrugadas

alegre y compasiva de su ser desvalido.

No temas no te apures

pensando que no vale esta aflicción,

que está el mundo  hechizado.

Cada una de tus lágrimas de sangre

era un avemaría

por las sombras errantes en esta vastedad

hueca como las órbitas de alguna calavera.

Si rompimos tu hermoso corazón,

tu bandada de pájaros risueños,

sus pedazos abrieron los cerrojos

vaciaron los sepulcros. 

Y has descendido así,

sagrada nieve.

BLANCA F. DE LA FUENTE

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Sobrevolando el océano

Ni lo pude entender,

ni lo pregunto, por qué

la sangre abrasa.

No esperaba volver a traicionar

a la razón

ni seguir por las faldas de un volcán

el camino ascendente

que lleva al mismo corazón del fuego.

Eco apenas,  llegaban

aromas que inquietaron el jardín.

Mil veces,  he pasado de largo sus cancelas

sin atender siquiera  la llamada

sin sonida y rojiza

de los peces en su estanque sagrado.

Pero hoy, me azuza el gozo.

Cómo escuece estar viva

todavía.

Sé que espera una puerta para mí

sin quicio ni dintel

ni asomo de señal,

pero iré a donde lleve.

BLANCA F. DE LA FUENTE

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